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Muchos han opinado en los últimos tiempos de nuestras franquicias rugbísticas. Unos para bien, otros para mal. Si bien es cierto que existe un cierto desconcierto.
La primera confusión viene respecto al origen del deporte moderno en España. No es el Estado quien estuvo en ello. Fueron las iniciativas privadas. La inquietud de aquellos audaces deportistas que de sus encuentros concertados pasaran a plantear una estructura de gestión y desarrollo de los mismos -las federaciones- que cubrieran sus afanes competitivos.
No en vano, el Sr. Orbea funda la FAG, Federación Atlética Guipuzcoana, en 1916 para posteriormente ser el iniciador de la Federación Española de Atletismo. Caso parecido se da en el rugby, donde la UE Santboiana fue fundadora de la FIRA, antes de existir la FER.
Es a posteriori que, en general, los Estados desembarcan en el deporte para socializarlo inicialmente -Francia fue la pionera-, y más tarde utilizarlo como estandarte representativo.
Por tanto, ni nos engañemos, ni sorprendamos. Si queremos tener un futuro para nuestro rugby, éste debe venir desde abajo. El sistema está suficientemente maleado como para esperar, al menos, a que no se coarten las lícitas inquietudes de los que buscamos oxígeno y espacio vital para el rugby.
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